jueves, 14 de agosto de 2014

ESCENA FINAL I - Segunda y última parte

La bocina es muy fuerte, despierta al mayor de los dormilones. Miro el tren que llega y se va para el otro lado. El mío no viene. No hay apuro, hoy el tiempo está encerrado y así debe ser. Observo nuevamente el pasillo angosto, viejo y nostálgico. Una madre que sostiene con fuerza a su hijo, camina entre el reflejo platinado. Miro el reloj grande colgado, con el tiempo muerto, mientras empieza una nueva canción.
Hay una luz que está dentro de ti, adonde están los sueños que van a venir. Me habría gustado haber cumplido por lo menos un sueño, estar disfrutando un logro de todos los que me propuse alguna vez. Nunca dejes de soñar, hay una luz que no se ve, brilla desde dentro, desde la niñez. Una imagen de cuando era chica: el día que en la escuela nos proyectaron la película el Mago de Hoz. Ese rato fui tan feliz. Me zambullí en la pantalla. Yo era Dorothy caminando por el arco iris. Nunca me olvidé de esa película. Me aprendí la canción de memoria: Somewhere over the rainbow, skies are blue, todavía recuerdo parte de la letra. Continuaba hablando de los sueños, de que si uno se arriesga se hacen realidad. ¿Existirán aún los míos? Seguro que sí, escondidos, arrumbados, añejos. Aunque vivos. Quiero volver a ser Dorothy recorriendo el camino de siete colores. Me dieron ganas de ver la película otra vez. Quizás me busque otros, más maduros, fortalecidos por las derrotas que me vuelven a levantar, más realistas o más humildes, pero que me hagan sentir viva y no un ser que simplemente existe, que sobrevive. 
Me empujan. La vi llegar pero no la vi. Ahora que se sentó casi pegada a mí, no me quedó otra que incorporarla. Mirá que el banco es largo. Dos veces seguidas consulta el reloj. Si pudiera, seguro correría las agujas. ¿Acaso soy yo? Mira el camino vacío, sin tren. Elegante, con tacos altos y cartera haciendo juego. Debe ir a trabajar, a una reunión, a cerrar un negocio. Se mueve inquieta y por un segundo me inquieta a mí. Recordé que hoy dejé el tiempo en el cajón, cerrado con llave, el reloj en la mesa de luz. No soy yo, qué alivio siento. Ella está perseguida por las horas, atrapada, encerrada en el tiempo que la envuelve como un espiral y la chupa. La veo como un reflejo de mi pasado inmediato, unos días atrás, ayer, hace unas horas nomás. Se levanta y se aleja hasta la línea amarilla. ¡Gracias a Dios! Vuelvo a sentir el silencio, observar la luz pálida, el camino largo hasta la entrada. Su insistencia vuelve a acaparar mi atención. Ya conté siete veces que pasó frente a mí caminando de un lado a otro. Me marea, me desconcentra. Pobre, todavía no entendió que ella no es la que domina al tiempo. Quizás su apariencia me engañe y esté apurada porque algún familiar tuvo un accidente, o la llamaron de la escuela porque su hijo volaba de fiebre. Pero mi pálpito dice que no es así. Mirá todo lo que se pierde: contemplar la estación tan bella, poder ganarle al tiempo disfrutándolo, observar el día que se esmera por llamar la atención. Ahora se apresura a pararse en la línea amarilla. Viene el tren. Seguro va a ser la primera en subir, antes de que los pasajeros bajen. Siempre me molestó que lo hicieran, aunque reconozco haberlo hecho miles de veces. Había que ganarle al tiempo.
Antes de subir, miro la estación para despedirla. Está tan linda hoy.
Un remolino de viento me azota la cara. Siento los vagones casi rozándome. El tren se está yendo. Qué loco. Yo sigo en el andén, no entiendo muy bien por qué. Por un segundo pensé en qué hora sería, pero ahora me acuerdo que ni la hora ni el tiempo hoy importan. Lo que cuenta es que me animé, me atreví. Váyanse todos a la mierda, prefiero prostituirme a seguir así. Qué liviana me siento después de esto. Siempre voy detrás de lo que siento, cada tanto muero y aquí estoy…, me anima la canción. Por un tiempo no habrá horarios que me corran, jefes que me maltraten, compañeros que hablen por atrás. No veré más la maldita pila de papeles que nunca baja, la oficina húmeda y oscura como un sótano. Ya no dejaré que el tiempo me pase por arriba, trabajando sin cesar, alienada, encerrada en esa cárcel que me deja con el cuerpo exhausto y las horas consumidas, anhelando tristemente encerrarme en ese cuadrado minúsculo, ese departamento con una sola ventana con vista a un hueco oscuro, que me deja la billetera vacía cuando pago el alquiler. 
No voy a volver al pueblo derrotada, tampoco lo hice la otra vez. Quizás acepte la invitación de la tía y por un tiempo me vaya a vivir con ella. Debe ser bueno dejar que te ayuden. Siempre hay una puerta sin llave. Quiero recuperar las ilusiones que nunca pude sacar de la valija, las esperanzas de ser lo que una vez me atreví a soñar. No sé qué haré mañana, ni cómo me las voy a arreglar.
Ahora no me importa.
Pronto vendrá otro tren.


lunes, 11 de agosto de 2014

ESCENA FINAL I - Primera parte


…Y yo camino por la cuerda floja hasta el límite de mi sueño. Las vísceras, torturadas por la voluptuosidad, me guían, furia de los impulsos. Antes de organizarme tengo que desorganizarme del todo. Para experimentar el primer y pasajero estado primario de libertad. De la libertad de errar, caer y levantarme.
Agua Viva, Clarice Lispector

I

Pocas veces puedo viajar sin el reloj persiguiéndome como un animal hambriento, con el tiempo dormido, sin destinos que ansían mi llegada, sin problemas que me tensionan el cuerpo y usurpan la mente.
La estación está casi vacía. Si no me equivoco, ésta debe ser la primera o segunda vez que puedo sentarme en el banco. Aunque tengo lugar de sobra, apoyo el bolso sobre mis piernas. Busco el mp3 y lo enciendo. Ahora a esperar el tren.
Debe estar un poco atrasado. Estoy casi en una punta, por lo que veo toda la estación: el pasillo largo, el techo gris, las hileras de luces blancas, los rayos de luz que se filtran entre las ramas frondosas de los árboles de la plaza contigua. El sol veraniego típico de las diez, ilumina con destellos el andén, que como un camino bordea la vía. Un señor parado con traje, corbata y maletín. Un adolescente apoyado contra el muro que divide este lugar del bullicio de la avenida. Desde el fondo se acerca una joven, me resulta graciosa moviéndose al ritmo de alguna canción que sólo ella sabe cuál es.  Dentro de mis oídos empieza a sonar la música que yo elegí.
Este paisaje que parece pintorescamente armado, me transporta. ¿Dónde estoy? ¿en una película? Siento que huyo del cuerpo, desdoblada. Me veo con la espalda erguida y las piernas juntitas sentada en el banco alargado y gris, sosteniendo con las dos manos el bolso blanco, esperando el tren que viajará quién sabe a dónde ni por qué; la luz esfumada, el silencio de pájaros cantores, la música de fondo. Una Penélope quizás. ¿Dónde estoy? ¿en la escena final? Sigo contemplando y me dejo llevar.
Recuerdo esa vida feliz que tuve, cuando todo era perfecto, como el universo: infinito, mágico, inmenso. O por lo menos así lo creía. Tenía alguien que me amaba, sueños a punto de estrenar, un futuro hermoso que pronto llegaría. Duró poco. Aquella vez dije que no habría lágrimas, me repetí como una lección, que no habría angustia. Pensar que estuve también en esta estación, sentada, sosteniendo el bolso blanco. Aquella vez no pude disfrutarla. La tristeza, silenciosa, maliciosa, recitaba lo que había sido y lo que ya no sería.
Pasa la vida y el tiempo no se queda quieto, llevo el silencio y el frío con la soledad. La música metida en mis oídos me acompaña.
Nadie me despidió porque a nadie ya le importaba que me fuera. Quería salir de ese lugar al que nunca volvería, para luego subir al micro y regresar. Allí sí me esperaban, así me había dicho mi madre al teléfono llorando emocionada. Pero yo estaba triste como esta canción: Se fueron los aplausos y algunos recuerdos, el eco de la gloria duerme en un placard. Tenía la mirada ausente, escondida, la soberbia perdida en la valija, el orgullo pisoteado por la vida. No quería llorar y me di cuenta de que no quería volver, asumir la derrota, no deseaba perder mis sueños. Sabía que era la única puerta que tenía abierta para vivir sin pasar hambre, sin sobresaltos, sin tener miedo, aburrida, sin adrenalina, sin sueños. Volver a empezar, volver a intentar.
Finalmente no tomé ese tren.
Siempre fui testaruda.

domingo, 3 de agosto de 2014

DEVENIR LOBO


                                                                                    A través de los años, esa lívida
                                                                                   mujereidad enroscándose, bizca,
                                                                                   en laberintos de maquillaje, el velador de los aduares
                                                                                   incendiaba al volcarse la arena, vacilar
                                                                                                          
                                                                                   en un trazo que sutil cubriese
                                                                                   las hendiduras del revoque
                                                                                   y, más abajo, ligas, lilas, (…)            
Devenir Marta, Néstor Perlongher
El pecho
quemaba.
Se arrancó la ropa
del cuerpo erguido.
Bello tupido
asomó las profundidades.

Se encorvó
quedando cerca del suelo
la cara pudo
tocarlo
lamerlo
tierra húmeda y seca,
instinto animal.

Le crecieron
garras en las manos
                        surcos en la piel tersa
colmillos en los dientes
                        clavados en el cuello largo y fino
hocico en la nariz
                        olía      sudor de cuerpo excitado

Finalmente brotó de su garganta
aullido
bajo la luna blanca y pura
testigo de la transformación

                        hombre           lobo                 animal